MUERTES ROBADAS


Me robaron la muerte una madrugada.
Acechaba la peste en los cementerios
cuando me encontraron.
Los ángeles dormían
y la luna cerraba sus pupilas al miedo.
Miles de humillaciones se arrastraban por los arrabales,
revestidas de invierno.
Perseguí a los ladrones
y hallé óbitos ajenos que me quedaban grandes.
Y fui muerto sin muerte, cadáver sin sudario que ponerse.

Hoy me han amanecido las fronteras
sin una sola nube.
El cielo azul ha descendido un poco
y la esperanza ha vuelto.
La empujan cisnes blancos,
que dibujan mi nombre en lápidas de agua.



DEJAS EN MI CONCIENCIA



Dejas en mi conciencia
mil ansias de tu esencia indescifrable.
Apuntas un atisbo de luz y eternidad
y encierras mis preguntas
en túneles oscuros sin salida.

No sé dónde perdí mis alas como Ícaro.
Desde entonces me arrastro cuerpo a tierra,
y esquivo proyectiles que enmudecen y ciegan,
que silencian respuestas a todas mis demandas.

Nadie me preparó para mi nacimiento
y encontré sin señales la senda de la vida.
Tampoco me enseñaron a llorar, sin embargo  
resultan incontables las lágrimas vertidas.

Sin estudiar salieron risas de mi garganta,
palabras de mis labios, besos desde mi alma
y sin maestro alguno alumbré a nuevos seres
que no necesitaron ni una guía minúscula
para hacer su camino.

Nadie me ha apercibido para la ancianidad
y aun así mi organismo día a día me muestra
el indisimulado cansancio de sus células,
que morirán un día como vienen haciéndolo
desde el alba del tiempo, perfectas e inequívocas.

Responden a una ley sin duda inalterable.

Pero en lo más profundo seguirán las preguntas,
las ansias, el suspense,
esa intriga que oculta el desenlace.

Y tú continuarás misterioso, aguardando,
distraído en tus cosas.


SOLEDADES

A veces el amor es una soledad que comparte
con otro desamparo su baúl
en una gira por el norte de España.
Suben  los dos a trenes sin estaciones termini
y buscan el suicidio en unos besos de papel sin lengua,
atormentados.

Duermen en camas king size dos por dos
con edredones de cubitos de hielo.
Sus disputas ahuyentan a las golondrinas
y hay avisos de bomba por todo el edificio.
Me hundes con tu tristeza, dice la soledad desguarnecida.
A veces me merezco una sonrisa, reprocha el desamparo.

Luego, el silencio se sienta vestido de etiqueta
y preside una mesa, donde no hay comensales.
La arena del desierto alfombra los salones
y se rasgan las fotos
de un antiguo paseo por los puentes del Sena.

Tu soledad y la mía las hemos enganchado en el perchero.




(DE "LA CONJURA DE LOS SABIOS")


      

       Se abrochó los pantalones vaqueros sobre las mallas, estremecido por el recuerdo. Sadhu... Los dos se habían apuntado a las clases de ballet del internado, al tiempo que exploraban sentimientos y emociones, exaltados por el secreto y la transgresión de toda norma. Descubrían el placer del amor y de la danza al ritmo de Chaikovski, sintiéndose diferentes y aun superiores al resto de sus compañeros. Los demás, obsesionados por el mundo femenino, tan ajeno al internado, buceaban en vulgares publicaciones y se enfrascaban en charlas groseras que no calmaban sus ansias ni su curiosidad. Sadhu y él se habían fabricado otro universo. Un mundo etéreo, presidido por la música, en el que hasta la lujuria tenía un halo de misticismo.


“Se venden hombres”, había voceado el anciano del sueño como una alusión directa a su vida, marcada por la frivolidad. En los escasos momentos de ocio, se había refugiado en sórdidas relaciones, despertando en camas prestadas y olvidando al momento los rostros y los nombres de sus propietarios. No había vuelto a conocer la pasión fuera del baile. La danza representaba para él una especie de huida, su posibilidad de redención. Tras ensayar durante horas al límite de sus fuerzas, con los músculos doloridos y los pies sangrantes, intentaba una última pirueta y de pronto el cansancio desaparecía; se sentía ligero, grácil, su cuerpo dejaba de estar compuesto de burda materia y sus átomos se transformaban en notas que brincaban por un imaginario pentagrama.

            Se subió bruscamente la cremallera de la cazadora y el fantasma del amigo se desvaneció. Cerró las maletas, ignoró la ropa esparcida por el cuarto - ya la recogería la camarera - y salió al pasillo. No quiso esperar al ascensor, bajó de dos en dos las escaleras y cruzó el vestíbulo deprisa hasta la calle haciendo un suave gesto negativo con la mano a dos jovencitas que intentaban conseguir un autógrafo. El día era gris, tan plomizo como aquel cielo de la campiña inglesa que presidiera la marcha de Sadhu. Tan lóbrego como el callejón de su sueño. La familia de su amigo, alarmada por las insinuaciones de compañeros y profesores, decidió sacarle del colegio. No podía entender su afición por el baile, y mucho menos otras aficiones en extremo reprobables. Los padres de Ahmed, en cambio, jamás se habían preocupado por su moral ni sus costumbres. Ajenos a su vida, se limitaban a mandar alguna carta desde lugares cada vez más distantes, sin olvidarse, eso sí, de que dispusiese de dinero sobrado para conseguir todos sus caprichos. Sadhu utilizó todas sus armas: amenazó, lloró, se humilló y sus súplicas se estrellaron contra la férrea determinación de sus progenitores. En aquel día funesto, bajo nubes cargadas de lluvia, aquel coche del cuerpo diplomático lo alejó de su lado para siempre. Y Ahmed permaneció allí durante horas, calado hasta los huesos, sin entender por qué la vida le arrancaba a su único amigo, por qué lo separaba de la única persona con quien podía compartir los temores y deseos de sus quince años.

              Aquel teatro de Girona estaba cerca del hotel. Le habría gustado dar una vuelta por la ciudad, que no conocía y que tendría que aplazar para más tarde. La marcha de una silenciosa manifestación de inmigrantes lo detuvo un momento en la acera. Eran magrebíes. Hombres y mujeres que portaban pancartas escritas en un torpe español, pidiendo papeles y ayudas con expresión de desesperanza. Fijaban los ojos en el suelo con la vergüenza de quien sabe que no le apoya ningún derecho, ni siquiera el de pedir un trabajo. Algunos eran muy jóvenes, pero todos ellos parecían al borde de sus fuerzas, agotados de llamar a puertas que jamás se abrían. Era un éxodo cada vez más numeroso de parias, de víctimas expulsadas de la vida, del mundo. “Se venden hombres”, había dicho el anciano. A aquéllos nadie quería comprarlos.
HUECOS



No me gustan los huecos.
Me inquietan y marean los vacíos sin fondo.
Son agujeros negros, esos que Stephen Hawking
ha dicho que no existen,
por más que continúen enterrando ilusiones.

No me gustan los huecos de sótanos oscuros.
Sepultan utopías
y cierran los caminos a cualquier esperanza.
Esas caras promesas que no encuentras en saldos,
que sólo las consigues
en las millas de oro de las grandes metrópolis.

No me gustan los huecos
ni las tristes bodegas de los barcos negreros,
desnudadas de cielo y hundidas en la nada,
que siguen transportando el hambre y la derrota
por mares enemigos de olas ensangrentadas.

No me gustan los huecos de los hombres impíos,
repletos de efectivo y vacíos de ética.
Ni me gustan tampoco los gobernantes hueros
que alzan muros de odio y los llaman fronteras.

No me gustan los huecos donde se esconden sueños,
esos que no hay valiente que se atreva a soñar.
Yo investigué una vez y sufrí mi castigo. 

¡Ten cuidado! ¡No bajes!
En huecos tan profundos se agazapa el desastre.






ALELUYA

Me encuentro una aleluya con cara de domingo,
transportando en sus labios historias infantiles,
aquel beso robado en la Estación de Atocha,
el sueño de una Inés con botas militares, 
tu voz, la llave del portal en mi bolsillo,
la niña repetida en sendos nacimientos
y tu inefable ausencia llenando los rincones.

Y la perplejidad nos amanece
y paraliza los arcos de las cejas.

¿Está todo tan cerca o ha venido a mi encuentro la alegría?
TE QUIERO MUCHO
(a mi madre)


Ábrete Sésamo, gritaron tus células
y salieron de ti nuevas vidas,
abriéndote en canal de parte a parte.
Y muy quedo dijiste te quiero mucho, hija,
y tu voz discurrió por las aguas del tiempo.
Suspendida.
Por siempre.
Como una confesión de amor
prohibida por pretéritos acuerdos,
un clamor por la paz
o el último estertor del moribundo.

Susurraste sin voz te quiero mucho
y fue el revoloteo de una falda de baile,
fue un pañuelo secando las lágrimas de un niño,
una flor de jazmín cegando los fusiles,
fue una gota de leche en mis labios lactantes,
un cordón que ligó la suerte de dos vidas.
La tuya con la mía.

Inseparables, madre.