LOS SEPULCROS SE ABRIERON



Hay cunetas ahítas de memoria
en caminos que llevan al olvido.
Y hay vientos que susurran en los árboles
homicidios, traiciones, juramentos.
Se ofrecen en manojos de flores arrancadas
de la vida, aquellos que no están,
que en desbandada huyeron cual pájaros del hielo.

Perdida en el recuerdo,
creíste de verdad lo que contaban,
aunque alzaras la voz y las promesas
hechas para ti misma.
No me van a vencer, gritabas convencida.
Y los días volaron, hojas secas de otoño,
hasta el fondo del alma adolescente.
Y viste la mentira,
y atronaron los gritos,
los sepulcros se abrieron en cadena
y en todos palpitó una realidad resucitada.  


 





SECRETA VISITANTE


         Secreta visitante, oculta entre las alas de la noche,

          las saetas doradas se colocan y anuncian tu llegada.

No conozco tu rostro y ya es eterno,

no he oído tu voz y entona el más armónico aleluya,

tu sonrisa es un arco de delicias

y tus brazos abarcan todo el orbe desde un lecho de plata.

 

Tu aroma de inocencia inunda los rincones del abuso

y las torres repletas de cálculos mohosos

se deshacen por las alcantarillas polvorientas.

Los negros ascensores,

que descienden veloces al fondo del averno,

 sepultan a las sierpes y parásitos bípedos.

Depósitos de odio explotan en burbujas

y circulan por la fraterna senda del cariño

que borra de impurezas los confines del tiempo.

 

Va saliendo la aurora que anuncia un nuevo día.

Yo sé que Ellas te guardan.

 

 


 

POESÍA ERAS TÚ

 

Poesía eras tú, que diría el rapsoda.

Deslumbrabas las dunas con tus ojos,

alfombrando de flores el desierto

al ritmo de tus pasos.

 

Poesía eras tú,

y la belleza te acogió en su seno

coronándote un alba permanente

y un concierto de crótalos.

Era tanto el fulgor de tu persona

que volviste temprano

al reino de los dioses.

 

Y mi alma no cesa de buscarte.

Sin descanso, famélica, arañando el recuerdo,

voy de la encina vieja a los ojos tempranos

que ciegan con su luz cargada de esperanza.

No conociste el odio y te raptó la luna.

Yo pago tu rescate acumulando lágrimas.

 LAS SIN PENDIENTES   

    Los arquetipos femeninos de mi infancia son mis abuelas. La materna, enfrascada siempre en la lectura de novelas de amor, quizá para neutralizar el recuerdo de un matrimonio por demás lamentable. La abuela paterna, analfabeta, luchadora e ignorante de la fuerza titánica que guardaba en su interior, mujer condenada a abrirse camino en la vida en solitario. 

   A las mujeres nos marcan nada más nacer. Hacen agujeros en los lóbulos de nuestras orejas, por otra parte una costumbre bastante bárbara. A los dieciséis años prescindí de los pendientes y cuando nació mi hija me negué a taladrarle la tierna piel, a pesar de las recomendaciones de familiares femeninas. Ahora, hombres y mujeres se agujerean el cuerpo alegremente y nadie les obliga, es solo una opción estética.

     Nunca pensé que mi decisión de prescindir de los pendientes tuviese un trasfondo feminista, pero el otro día tuve ocasión de ver un documental sobre las "Sin Sombrero" y comprendí que a veces nuestro inconsciente va más lejos que nuestra propia realidad.

 

 

LA PAZ Y LA PALABRA




 La guerra es el negocio de los seres minúsculos,

de las mentes tullidas por metales abyectos.

La guerra es la derrota de intereses mezquinos,

de oscuros personajes que jamás conocieron

la esperanza.

 

¿Dónde quedó la paz desarbolada?

¿Por qué no desenreda la palabra

el ovillo de Ariadna?

¿Dónde aguarda escondido el nuevo hombre?

¿Qué vientre luminoso lo ha parido?

 

Mas mi dios interior sigue mudo, distante.

No sabe contestar o se niega a calmar

mi intriga impertinente.

Y yo imito al rapsoda,  

que clama en un desierto

 de arenas infectadas por las voces del odio,

y exijo sin descanso la paz y la palabra.