OLVIDOS

El Consejero baja de su fastuoso deportivo. Exultante. Es un gran día, van a bautizar a su nieto. Saluda al cura, que lo espera cortés en la puerta de la iglesia, y luego al anciano. Dos besos al aire, que no a las mejillas. Después se aleja, dándonos la espalda. Nos olvida. Están llegando egregios invitados y debe saludarles. Sonrisa condescendiente, traje impecable, corbata de seda, hombros caídos y pelo de nieve. El viejo lo observa abstraído. Lo tuvo sentado en sus rodillas, le salpicó el traje con un vómito de leche y lo despertó a media noche con sus llantos infantiles. Qué precioso, parece un ángel, decían entonces las mujeres al verlo.
           -¿Quién es ese señor? – la voz quebrada del anciano, agotada por el tiempo.
            -Es tu hijo – le contesto mientras lo sujeto por el brazo.
            -Ah.
Sin asombro. Ya no lo conoce. La niebla de su mente ha sepultado para siempre sus recuerdos.




                       








INFANCIA

                        Mi infancia es un aroma a churros y a domingo,
                       
                        a su voz susurrante que me saca del sueño,
                         
                        a sus senos mullidos,
                       
                        a su regazo cálido.
                       
                        Mi infancia me visita al ritmo de sus pasos,
                       
                        unos pasos cansados pero firmes.
                        
                        Los pasos de la abuela.

EL TESTIGO

                Ella sabe que hay dobles de su persona perdidos por ahí, que atraviesan distintos momentos del espacio tiempo. Lo sabe porque se ha visto cubierta de harapos a las puertas de palacios imperiales o trasladada en carrozas, ataviada como princesa de algún cuento de Andersen. También se ha visto perdida por caminos polvorientos o aplastada por cuadrigas romanas; como amante de pintores bohemios o como impúber soldado en la Gran Guerra.
           
                    La que más le gustó fue la existencia en un cenobio retirado de una monjita con cara de boba. En una vieja caja guardaba las misivas de amor de algún muchacho que conoció lustros atrás en su pueblo. Las releía cada noche en su pequeña celda tras rezar en la capilla las Completas. Y después, ya dormida, en sus pestañas quedaba apresada alguna lágrima indiscreta.
                  
                   Hay otra existencia más reciente, que ve algunas veces. En esa escribe un blog contando vaguedades. Pero siempre, siempre, viéndose desde fuera. Ninguna de esas existencias parece ser real.
             
                     ¿Será que solo es un testigo de sí misma? 
IDENTIDAD




Identidad...
¿Hay algo así llamado?
¿Qué es lo que la conforma?
¿Una historia, un registro,
o unos concisos datos de genética?

Yo no sé lo que nace,
tampoco lo que muere.
Si hay algo permanente
o si es la impermanencia 
         lo que me tiene atada
al flujo inagotable de la vida.



            
                               DOÑA ROSA

            -Dile a tu madre que te ponga sostén, que se te están separando los pechos y se te mueven mucho al andar.
            Es doña Rosa, la madre de mi mejor amiga del bachillerato. Dice esto mientras me palpa las tetas. Examina las dos pequeñas protuberancias como quien toca los tomates en la verdulería, por ver si están ya maduros para la ensalada. Y a mí me sube el calor a la cara y deseo estar fuera de su alcance. La odio con toda la pasión de mis doce años.
Ella tampoco me tiene simpatía. Asegura que soy “Antoñita la Fantástica”, aunque yo no me llame Antonia. Y en su voz hay un tono de desprecio cuando lo dice.
Su hija nunca ha sabido inventar cuentos.


EL UNICORNIO

            Me despierta la luz anaranjada del amanecer. Los dos soles, el rojo por el oeste y el dorado por el este, se elevan lentamente, coinciden en el centro del cielo y unen sus rayos para saludarme. Me levanto y sacudo mis crines. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? En mi mente no hay recuerdos anteriores, por eso supongo que una eternidad, pero mis músculos siguen fuertes y elásticos, como si mi existencia atravesase centurias y no conociera la muerte. Tengo sed y bajo despacio al río de miel. Antes galopaba de aquí para allá a través de los campos azules, teniendo cuidado de no aplastar las flores con mis pezuñas de plata. Algunas veces llegaba hasta las montañas blancas, donde los soles acarician la nieve con cuidado para no derretirla. Vivo en un sitio hermoso, donde hay alimento, no existen las luchas ni más estación que la primavera.
          
            Hace varias eras conocí a un ser llamado Mujer. Me dijo que en el lugar que ella había abandonado había lágrimas y muerte. Sabía llorar. Sí, era sorprendente: gotas de agua resbalaban por su rostro al recordar el sufrimiento de sus congéneres. Y también reía. El sonido que salía de su garganta era como la música que lanzan aquí las cascadas. Un repiqueteo de cascabeles. Luego desapareció y desde entonces languidezco. Soy único, irrepetible y bello, Mujer lo dijo, por eso el precio de mi belleza es la soledad. También dijo que yo era producto de su sueño, me dejó reposar la cabeza en su regazo y acarició con cariño mi único cuerno. Se marchó por la Puerta de Gaia que hay bajo el sol del oeste y me advirtió que no la siguiera porque, si lo hacía, tendría que morir para volver al paraíso. Así llamó a mi mundo: El paraíso.
           
              Hoy lo he decidido. Voy a ir tras Mujer. Quiero aprender a reír y llorar como ella.
           
        La Puerta de Gaia es una arcada grabada con seres fantásticos como yo: dragones, titanes, hidras, hadas, duendes y elfos. Seres míticos, que en otro tiempo existieron y que ahora solo son relieves coloreados. No se ve nada al otro lado y muy despacio atravieso el umbral. Lo último que veo al cruzarlo es que mi imagen se plasma en la piedra del arco, tallada por una mano invisible.  
           
           El sol de la mañana me despierta. Ella se acurruca en mis brazos. Huele a canela, a vida, a algo cálido y tonificante. "He soñado que era un unicornio", susurro en su oído. "Me alegro de que hayas cruzado la puerta", me contesta.     


LA ELECCIÓN

-¿Por qué me mira así?
-No toque ese texto. No puede cambiar el argumento de la obra.
Ella vuelve a consultar la sinopsis general y la descripción de su personaje y luego mira la larga fila de intérpretes que se dirige al escenario. Se enfrenta de nuevo al director:
-Entonces prefiero no actuar.
-Lleva mucho tiempo esperando.
-Tiempo es lo que me sobra.
Los actores se alejan. Cuando la puerta se cierre tras ellos, quizá tarde en aparecer otra oportunidad. Pero ella no va a entrar sin estar de acuerdo con la función que va a representar.
Sabe de sobra - por propia experiencia - que esta vez es imprescindible que elija su vida.