EL CAÑÓN A SU PESAR SONRÍE



Cincelaron mi mente a golpe de mentiras
en épocas oscuras en que la libertad
fue palabra extirpada de nuestro diccionario.
Las historias fantásticas de conquistas y honores
poblaban nuestros días.
Santiago y cierra España y el Cid ganando lides
hasta después de muerto.

Tardé en edificar un refugio a cubierto
del pegajoso odio hacia el hermano
y escapé del destino del pensamiento único.
Sondeé en las raíces de mi sangre,
menesterosos y pobres jornaleros,
y traicioné la pasiva indolencia de la clase media.

Discordante e incómoda, 
vadeé el mar abyecto de las indiferencias,
me atormentó la duda en cada certidumbre
y me inventé a mí misma con mil contradicciones.

Hay que seguir, me digo,
aunque lo inútil de tu voz se pierda entre las piedras.
Hay que seguir denuncia tras denuncia,
hundiéndose tu fe en el desengaño.

Tambaleante e insegura,
hay que continuar creyendo en la utopía.
Una flor no detiene las balas
pero el cañón, a su pesar, sonríe
y las sonrisas taponan el camino hasta el gatillo.










PRIMERAS LETRAS


José Manuel Caballero Bonald



Un día lunes, cerca
del mar, sonó la palabra. 
                                 Era


verano entre las cañas
pacíficas del trigo y nunca
la sucesiva hoguera
de las furias se propagó
con tanta iniquidad.
                             Vinieron

cargas de odios
en camiones, gritos
y sogas en camiones. Ebrios
de mosto y esperma, bajaron
hasta el mar
adolescentes brunos,
ciegos y reclutados
con los aperos de la tiranía,
niñas de sangres iniciales
con flechas en el seno,
espantos y pancartas 
al frente de los himnos.



Entre el despliegue tortuoso, ¿quién
me llevó de la mano
a la frontera fratricida, dónde
me desahuciaron de ser niño?
Oh qué terribles y primeras
letras hostiles
de la patria. Párvula madre
mía, ¿qué hiciste
de nosotros, los que apenas
pudimos aprender
la tabla de sumar de la esperanza?



EL CAOBA

El recuerdo indeleble suele ser inquietante, desarmónico,
como tú, mendicante innominado de mi lejana infancia.
Paseabas tu imagen de soledad suicida
calle arriba y abajo, o te ocultabas en un portal sombrío,
cercado por miradas suspicaces. 

Apártate, cuidado, no te cruces con él.
La miseria resulta amenazante.

 Arrastrabas contigo todo tu patrimonio:
un saco apolillado por el hambre de siglos,
una botella amable para ayudar al sueño
y un can despeluchado que respondía
al nombre de Colega, un reconocimiento
para el único amigo al que no amedrentabas. 

Apártate, cuidado, no te cruces con él.
La miseria puede ser contagiosa.

Algunos te llamaban El Caoba
porque tu oficio fue el de carpintero
cuando a nadie asustabas.
Una noche lidiaste al Minotauro de tus desvaríos
y sucumbiste debajo de las ruedas
de un camión de reparto.
Sólo Colega acompañó con lúgubres aullidos
tu solitaria marcha al cementerio.

Yo respiré tranquila. A partir de aquel día
ya no volví a cruzarme con el hombre del saco.
LA CASA




Cerramos la cancela de la casa
y dejamos las almas acurrucadas dentro.
Almas niñas, medrosas, apocadas,
unidas al paisaje de los largos pasillos,
de los cuentos de invierno al calor del brasero,
adheridas a los dibujos árabes del viejo pavimento,
al hogar de carbón que pulía la abuela
con cepillos de lija.

Y la arena avanzó al ver el abandono
y sepultó los cuartos con su túnica yerma,
el frío heló la risa de las ventanas mudas,
y un vinilo rayado gimoteó canciones de los Beatles.

Alegres bienvenidas siguieron saludándose
en el recibidor y americanos e indios
libraron sus batallas en el fuerte de plástico.
Y nuestras almas niñas apretaron los ojos
fingiéndose dormidas para los Reyes Magos,
y supieron que no retornaríamos.

No volvimos la cara
por miedo a convertirnos en estatuas de sal
y dejamos hundidas en aciaga orfandad
a nuestras pobres almas infantiles.
LA LUZ


Me gustan las ventanas sin visillos
que conversan tranquilas con otros miradores.
La vida en su interior se duerme o despereza,
respira o se hunde en sueños de hazañas y aventuras.

Me gusta el corazón sin armaduras
que deja entrar el sol y se empapa de lluvia.
Aun siendo devastado por la helada nocturna,
irradia un resplandor que sana y reanima
a las almas enfermas.

Me gusta el arco iris, la luz de la mañana,
el brillo de unos ojos que se abren deslumbrados
a la vida diaria, y la imaginación iluminando al alba
un horizonte abierto a la esperanza.

Nos contiene y rodea la claridad ansiada.
La única negritud posible es la del alma,
la única soledad la de la flecha
que no encuentra diana.