PESADILLA


 Hoy soñé con mil puertas,

salpicadas de ojos.

Me miraban cerradas, vacías,

con desprecio.

Oscuras escleróticas,

que me enjuiciaban mudas.

 

Al cruzar el pasaje

del inicio a la vida,

iba en pos del amor

desde el primer latido.

Buscaba ojos amables

en los que reflejarme,

un premio de sonrisas

al final del camino.

 

Deambulé entre el mal

como un pájaro herido.

Mil egos petulantes

me mostraban la espalda,

con símbolos de odio

como enseña execrable

ondeando en sus manos.

 

Pero todo trastorno tiene término.

El daño tiene fin,

jamás dura cien años,

Cae por su propio peso

entre los desperdicios de su oprobio
.

 


OLVIDOS




Te vi piruetear de lucero en lucero
devolviendo la luz a estrellas moribundas.
Con las plumas azules de tus alas
esparcías el polvo de cometas fugaces.
Envidiaban las nubes tu gentil arabesco
y tu brillo en la niebla de jornadas de invierno.
Y tú, regocijada, besabas las melenas
de sauces cavilosos,
que ensayaban sonrisas, 
quizá por vez primera.

Y yo quise seguirte para danzar contigo
pero mis pies de barro
se adhirieron al suelo empapado de lágrimas.
Y quise abandonar los panoramas lóbregos
y marchar hacia mundos venturosos
donde las risas lustran las arrugas del alma.
Y quise delirar con los ojos abiertos
y cubrir de ambrosía pueblos arrinconados.
Y deseé expandirme
y transformarme en náyade de ríos de favores.

Entonces tú te aproximaste a mí
me amparaste, 
sosteniendo mi miedo entre tus manos,
y yo ansié el olvido
y yo ansié 
y yo 
y...


 



DESEOS

Quisiera yo gritar y que mi grito
pusiese boca arriba la indecencia.
Quisiera ser la gota que rebosa el océano
para limpiar la tierra de excremento.
Quisiera ser cadáver que desborda las tumbas
y detener así los genocidios.
Quisiera ser la luz que devuelve la vista
a quien tiene por patria la ceguera.
Quisiera ser memoria para olvidos tenaces
e insomnio pertinaz para la indiferencia,
y un sol nuevo para tanta penumbra,
y lluvia de un maná que sacie para siempre
el hambre de justicia.

 

EL OTRO LADO




Abrochándome la nostalgia del alma,
me lancé en madrugada al bulevar de enero,
pasé por unas ruinas que me miraban ciegas
por los oscuros huecos de ventanas abiertas.

En la noche callada me crucé en mi camino
con una comitiva de difuntos antiguos
vestidos con jirones de brillantes centellas.
Bailaban cadenciosos sobre ajadas violetas
regadas al azar con lágrimas de deudos.

No temas ni nos sigas, me dijeron.
Sabrás que ya es la hora
cuando llegue el momento.
Ahora vuelve a tu mundo  
de inevitable olvido y piensa que despiertas.

No, no pude seguirlos
pues se desvanecieron
en el polvo dorado que anuncia la mañana.

 

FEDERICO


 

Quiero creer que no te abandonaron

en un camino yermo,

que un esponjoso musgo

se mezcló con tus dedos inertes,

y un árbol de raíces poderosas

renació de tus restos, Federico.

 

Quiero creer que sus hojas dan sombra

a los enamorados que comparten

secretos y caricias.

Que la noche protege tu marcha milenaria

y que ahora resuenan tus poemas

desgranados en castillos de arena

en medio de la playa.

 

Quiero creer que el cielo te protege

de la infamia,

que tus ojos mudados en dorados fanales

buscan la paz de un mundo

que hoy navega otra vez, recalcitrante,

por el fango brutal de la barbarie.