EL UNICORNIO
Me despierta la luz anaranjada del amanecer. Los dos soles, el rojo por poniente y el dorado por oriente, se elevan lentamente, coinciden en el centro del cielo y unen sus rayos para saludarme. Me levanto y sacudo mis crines. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Supongo que una eternidad, pero mis músculos siguen fuertes y elásticos, como si mi existencia atravesase centurias y no conociera la muerte. Tengo sed y bajo despacio al río de miel. Antes galopaba de aquí para allá a través de los campos azules, teniendo cuidado de no aplastar las flores con mis pezuñas de plata. Algunas veces llegaba hasta las montañas blancas, donde los soles acarician la nieve con cuidado para no derretirla. Vivo en un sitio hermoso, donde hay alimento, no existen las luchas ni más estación que la primavera.
El sol de la mañana me
despierta. Ella se acurruca en mis brazos. Huele a canela, a vida, a algo
cálido y tonificante. "He soñado que era un unicornio", susurro en su
oído. "Me alegro de que cruzaras la puerta", me contesta.
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