4 de febrero de 2013

EL CINE ESPAÑOL

El cine español de los años 50 y 60 me devuelve a una época infantil, embellecida por el paso del tiempo. La primera imagen que me viene a la mente son aquellas tardes de los jueves, tarde de vacación escolar, en los que asistía a un cine del barrio con mi abuela. Vestida de negro de pies a cabeza, viudez permanente y desesperanzada de las mujeres de la época, cargaba con nietos y allegados, que ocupaban con su paciente cuidadora toda una fila de butacas. A partir de las tres o tres y media de la tarde veíamos una y otra vez las dos películas que ofrecía el programa, hasta que la abuela ordenaba la vuelta a casa que obedecíamos a regañadientes. De la mitad del cine para adelante – recomendaba la mujer al acomodarnos. Y aunque todavía éramos pequeños, sabíamos que la oscuridad de las últimas filas, las de los mancos, estaba reservada para los novios; sorprendente permisividad de la dictadura, que sin embargo vigilaba cualquier demostración amorosa en la calle. Lo más probable es que semejante condescendencia dependiese únicamente de los acomodadores del local. El pueblo siempre fue más tolerante que los prebostes del infortunado régimen.
“Bienvenido, mister Marshall”, “Maravillas”, “Los ladrones somos gente honrada”, “La fiel infantería”, “¿Dónde vas Alfonso XII?”, son películas que acuden al reclamo de mi memoria unidas al sabor del bocadillo de mortadela o a furtivos roces con la mano de Roberto – primo de mi mejor amiga, once años, pantalón corto, rizos oscuros, varios centímetros más bajo que yo, y ¡ay!, asombroso parecido a Robert Taylor, circunstancia que lo convirtió inmediatamente en mi primer amor. Reíamos con los diálogos de José Luis Ozores en “Recluta con niño”, o llorábamos con la muerte de Pablito Calvo en “Marcelino, pan y vino”. Las niñas copiábamos los cancanes de Conchita Velasco en “Las chicas de la Cruz Roja”, que crujían estrepitosos en la misa del domingo del colegio, almidonados por nuestras madres con cola de pescado. Y los chicos, no sé, supongo que soñarían con imitar el atractivo de Jorge Mistral o de Vicente Parra. En una España gris y a espaldas del mundo, aquellas tardes de los jueves eran una ventana abierta a la fantasía, al amor, a la música, a la libertad: el escape de una realidad mucho menos atrayente. Cierto es que muchas de las cintas mostraban sin pudor el ardor doctrinal y represivo de la dictadura, pero en muchas otras la voz del pueblo resonaba potente burlando la censura, o se filtraba entre líneas mostrando historias solidarias o dolientes, satíricas o divertidas.
En este momento en que los acontecimientos se suceden a un ritmo vertiginoso y el día de ayer es pasado obsoleto a golpe de teletipo o de sucesos desafortunados de nuestros políticos, volver la vista atrás es un ejercicio imprescindible. Para no cometer errores o para aprender de los ya cometidos. Para entender el momento presente. Para eliminar las telarañas del olvido. En definitiva, para conocernos a nosotros mismos.