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23 de diciembre de 2014


 DIAS DE CENIZA



Madrid 1912

I


            -Valiente idiota, mira que no querer ir a La Bombilla.
-He estado pelando patatas. Tengo las manos muy ásperas.
-Lo que hay que oír. La señorita del pan pringao. Como si fueras a encontrar en la quermés a un pollo con dinero. Allí va gente de alpargatas. Como tú y como yo. ¿No eres hija de un jornalero? ¡Pues eso! Da igual que le eches alfileres al Santo cada año. El Santo no proporciona un buen partido. Si acaso un albañil con mono y apestando a sudor. Si ya lo dice madre. Que no puede ser bueno leer todo el tiempo esas novelas de amores. Ahí las modistillas se casan con señoritos. Pero claro, eso solo pasa en los libros que escribe ese “Caballero Audaz”. Que además no cuenta más que cochinadas. Sí, ya sé que yo no he leído nada de eso porque no sé leer. ¡Ni falta que me hace! Anda que si padre se entera… Menos mal que está en el pueblo. Te iba a dar un buen soplamocos. Lo que pasa es que me tienes envidia. Al fin y al cabo yo tengo al Toño.
            -Que está casado. Y eso tampoco lo sabe padre.
            Boni frunció los labios y no contestó. Taladró con una mirada a Juana sin que ésta se diera por aludida. Estaba demasiado ocupada en pegar una pieza a una sábana amarillenta, sentada junto a la ventana, a la luz de los últimos rayos de sol. Se hizo el silencio entre las dos jóvenes. Boni, menuda, graciosa, no exactamente guapa, pero con un bonito cabello castaño y unos ojos oscuros y maliciosos, pendientes de cada detalle. Juana, esbelta, de ancha frente y facciones correctas, ensimismada en su labor de costura, soñando como siempre con un vuelco en el destino.
            Él era un señor. Tenía su imagen grabada en el recuerdo: la piel muy blanca, casi transparente, y el pelo trigueño con entradas. Llevaba chalina, camisa blanca de seda y botines de piel de cabritilla. Eso no lo había imaginado. Lo vio una vez entrando en un portal de la calle Alcalá al dirigirse a los almacenes en los que ella limpiaba por las tardes. Uno de esos portales con columnas, vigilado por un portero vestido de mariscal. Como esos personajes que salían en “El Mundo Gráfico”, acompañando a los ministros o al rey. Bueno, igual quizá no, pero tan imponente como ellos. Se la quedó mirando sonriente. Le sonrió, sí, eso tampoco lo había imaginado. Y sus ojos azules chispearon pícaros y se llevó la mano a la sien haciéndole un saludo militar. Juana enrojeció y tembló de pies a cabeza, luego miró a su alrededor, porque a lo mejor se había equivocado, porque quizá el saludo era para una de esas señoritas vestidas de encajes, que paseaban bajo sombrillas multicolores para resguardar su cutis del sol. Pero en aquella calurosa tarde de verano no había nadie en la calle. Solo ella y... él. Tan alto, tan rubio, tan elegante. Y el tiempo debió de refugiarse en los árboles del Retiro, porque allí, entre los dos, se instaló por un momento la eternidad. Un momento, sí, porque el hechizo fue roto enseguida por la voz del portero: “Buenas tardes, señor Castiella”.
            Señor Castiella…
Y ella huyó a la carrera, reparando de pronto en su miserable atuendo: la falda de percal, el delantal y las zapatillas. Pero todas las tardes pasaba por delante de aquel portal, ralentizando el paso, a la espera de verlo. A veces, incluso se ponía el vestido que le había hecho Boni para la fiesta del pueblo y unas flores en el pelo. Luego se reían de ella las compañeras en el trabajo: “Hija, ¡cómo vienes! ¿Te has puesto de tiros largos para fregar?”
Tenían razón. Valiente tonta. Todo era tan inútil. Porque no había vuelto a encontrarse con él. ¿Lo habría soñado?
No le había dicho ni una palabra a Boni de aquello. ¿Para qué? Ella no iba a poder entenderla. Nada más instalarse en Madrid, hacía ya seis años, Juana tuvo las fiebres tifoideas y, cuando las superó, le contó a su hermana una visión que había tenido. Y aquel sueño fue el principio de algo. El principio de todo. Ausente de la realidad, abismada en la calentura, contemplaba a don José Canalejas, el presidente del consejo de ministros, de pie, ante una librería de la Puerta del Sol. Un hombre se le acercaba por detrás, le disparaba en la cabeza y el insigne personaje – reproducida su imagen a diario en periódicos y revistas de actualidad – caía muerto dejando un reguero de sangre en la acera. Boni se rió como una tonta.
-Has estado a la muerte - dijo - y una persona en ese trance está muy cerca del infierno y ve demonios y cosas que no existen. La madre de una compañera mía del taller vio a Satanás cuando tuvo la viruela. Alucinaciones. Así es como lo llaman.
No tardó mucho en saber que aquello no había sido una alucinación, pero entonces no discutió con su hermana y tampoco le dijo nada cuando se enredó con el Toño. Era un guapo mozo, pintor de brocha gorda. Vivía en una buhardilla cercana al Manzanares con dos compañeros del tajo. Boni lo había conocido en el baile de “La Bombilla”. Durante meses solo habló de “su Toño”, hasta lo llevó al pueblo para que lo conocieran los padres. Los fines de semana cosía un traje negro muy elegante para su boda. Juana le preguntaba:
-¿Seguro que quiere casarse contigo?”
Y ella:
-¡Claro que quiere!
-¿Te lo ha pedido?
-Aún no, pero prefiero tenerlo todo preparado.
-¿Y no sería mejor…? – empezaba Juana temerosa.
-¡Ay, no seas cenizo! Me lo va a pedir.
Boni terminó el traje. Tenía una pechera blanca con jaretas y los bordes de la falda festoneados. Estaba muy guapa. Lo guardó en el armario envuelto en un papel de seda y se pasaba el día cantando. Mientras cocinaba, mientras tendía la ropa en el patio. Como si el gozo le subiera a oleadas del estómago a la boca en forma de jota: “Huertanita de mi vida, mira si yo te querré que aunque te cases con otro yo jamás te olvidaré.” Y las vecinas le jaleaban al terminar: “¡Olé tu madre, Boni, qué buena garganta tienes!”. Porque Boni cantaba muy bien. Le había cortado las uñas de chiquita una mujer que estaba en el coro de la iglesia y parece que ese era un método infalible para que una criatura tuviera buena voz.
            Pero pasaron los días, los meses, y Toño no hablaba de boda. En cuanto Boni tenía un momento libre se iba con él. Incluso acudía a ver cómo trabajaba en unas obras del matadero. Le llevaba una tartera con la comida, o se quedaba muy quieta, mirándolo de lejos sin que él lo advirtiera, diciéndose por lo bajito que era una mujer afortunada. Había noches en que dormían juntos en la buhardilla a pesar de las advertencias recelosas de su hermana, a la que no gustaba nada aquel asunto.
            -Cuando un hombre consigue a una mujer, pierde el interés – decía Juana - ¿No recuerdas que lo decía don Pablo en la misa?
            -¡Don Pablo es un cura! – contestaba Boni con un gesto de desprecio -. ¿Con cuántas mujeres ha dormido él?
            Un día llegó a casa hecha un mar de lágrimas. A pesar de las preguntas intranquilas de Juana, Boni no fue capaz de hablar en mucho rato, y cuando lo hizo fue entre hipos y gemidos. El Toño estaba casado. Se lo había ocultado por miedo a su reacción y, aunque no pudiese ser su esposa, él quería que viviesen juntos. No tenía hijos y decía que iba a abandonar a su mujer, que era una bruja y estaba acabando con su juventud. Cuando la joven al fin se calmó, las dos hermanas estuvieron mucho tiempo en silencio. Luego Boni se levantó y sacó el traje de novia del armario. Lo extendió sobre la cama y acarició la tela con mimo. Resbalaban las lágrimas por sus mejillas, pero ya no había sollozos ni ruido. Su llanto inconsolable contagió a Juana y se abrazaron las dos mezclando angustia y suspiros.
            Boni le había dicho al Toño que no quería volver a verlo.
Por la noche permanecía despierta, en silencio, fijos sus ojos en los desconchones del techo. Procuraba no hacer ningún ruido, empapando la almohada con sus lágrimas, para no despertar a Juana que dormía a su lado. Y por la mañana acudía a trabajar como sonámbula, cercados sus ojos por unas sombras amoratadas que le hacían parecer veinte años más vieja. Y cada día, al salir del taller de costura en el que trabajaba, lo veía en la acera de enfrente. Tampoco él tenía buena cara y su expresión era suplicante, sombría. Pero no se acercaba, como si su mentira le hiciese indigno de ella, como si el hecho de estar casado lo convirtiese en un ser de otra especie, sin acceso posible al mundo de las gentes de bien. 
Sin embargo al cabo de un mes él cruzó la calle. La Pepi, le dijo: “Ahí lo tienes, Boni. Está en el portal.” Ella estuvo a punto de subir otra vez, pero la señora Pura, que había cerrado ya el taller, bajaba con las chicas tras ella. Además anochecía, y él parecía más fuerte y más alto que nunca, y ella necesitaba sus caricias, y estaba tan cerca que…
Quedó quieta en el rellano, mientras las modistillas lanzaban risitas ahogadas y le daban codazos al pasar. La señora Pura le susurró: “A por él, Boni”. Luego todas se fueron y quedaron solos frente a frente. Apenas separados por seis escalones. Subió él. Y la cogió en sus brazos, cargando con ella como con una pluma. Ascendió a zancadas por las escaleras, sin soltarla, hasta el último piso, y abrió la puerta de la azotea de una patada. Luego la tendió delicadamente en el suelo bajo las sábanas que colgaban de las cuerdas y ondeaban como banderas de paz. Y ella se dejó hacer preguntándose cómo había podido vivir todo un mes sin aspirar su aliento. Y se dijo: “¡Qué coña! Es mi hombre”. Y fue ella quien empezó a quitarle la ropa y a besarle cada centímetro de piel. Era su hombre, sí, y daba igual que estuviera casado, viudo o que fuera cura. Era suyo y nada ni nadie los separaría. Se subió a horcajadas sobre él y cabalgó entre nubes, lanzando gritos de gozo. Él dijo: “Te va a oír el vecindario”. Pero a ella no le importó. Estaba convencida de que los únicos testigos de su amor eran las estrellas.
Boni se trasladó con el Toño a una casita baja del barrio de la Latina en los primeros días de un agosto sofocante. Cargó con un par de fardos que contenían su ropa y una mantelería que había bordado para aquella boda que ya nunca se realizaría.
-Me da igual que esté casado – había dicho Boni –. Un papel no hace más decente el cariño.
Y Juana, a quien estaba dedicada la frase, no dijo nada. Porque aunque aquel arreglo le pareciera bastante irregular, había tal seguridad en el tono de su hermana, que llegó a dudar de las normas impuestas, de la legalidad existente y hasta de los sermones de don Pablo. A sus padres no les dijeron nada. Al fin y al cabo ellos seguían en el pueblo. Solo habían venido en una ocasión a Madrid y el señor Eliseo, el padre, se juró a sí mismo frente a un puesto de churros, en plena verbena de la Paloma, que no volvería nunca a aquel pueblo de locos. Que prefería su casa, sus gallinas, su perro, y los atardeceres de Jaramillo, el pueblo de la sierra de la Demanda que le había visto nacer y que no podía compararse con nada.
Claro que los problemas no terminaron ahí. Juana tuvo que buscar una casa que limpiar por las mañanas, porque el sueldo de los almacenes no cubría sus gastos ahora que Boni se había marchado y tenía que pagar ella sola la habitación de la pensión. Su hermana le insistía: “Vente a vivir a nuestra casa”, pero eso a Juana no le parecía nada correcto. Aunque algunas noches se sentía tan sola y tan cansada, que se hubiera lanzado a la calle en plena noche para buscar refugio en el hogar de Boni. Y se dormía llorando y rezando a San Antonio para que apareciera un buen hombre que la rescatara de la miseria. Y sin pretenderlo siquiera, volvía a su mente la imagen de aquél al que no había vuelto a ver. El señor Castiella…

Y entonces, un oscuro individuo llamado Manuel Pardiñas asesinó a Canalejas, ejecutando paso a paso su sueño.