28 de marzo de 2013





LA PRIMAVERA
           


       Ha estallado la primavera. Como una dulce venganza contra recortes,  amenazas miserables y presagios apocalípticos, ha desplegado en los campos alfombras multicolores y ha reventado de flores los cerezos. Hay un silencio casi sagrado, únicamente roto por los trinos de los pájaros, que no entienden de solemnidades y que celebran la luz y la huida del frío. Quizá son las plantas y las aves las que han encontrado la verdad, las que viven el "relámpago de la revelación", como llama Herman Hess a la experiencia mística. Ese no razonar, no juzgar, no calcular, solo experimentar, es lo más parecido al éxtasis.
           
            En esta soledad no hay pasado ni futuro, sino presente. El tiempo, esa losa pesada que nos separa de la realidad, se ha refugiado en otro universo, en un mundo creado por el pensamiento, por los miedos, por la nostalgia y la espera. Un mundo que ha creado el bien y el mal, la codicia y la generosidad, dioses y diablos, la vida y la muerte. Todos esos opuestos que maniatan al hombre en un estrecho cubículo. Un mundo fantasmal, sin duda, habitado por espectros y totalmente prescindible. Y aunque ese mundo viva en mi interior, esta mañana de primavera quiero darle la espalda. 

            Huele a salvia, a romero, a tomillo. Inspiro, expiro. Lentamente. 
    
          Y mis pupilas se tiñen de mil colores. Y me doy cuenta de que también yo soy prescindible. Y dejo atrás  mi nombre, mi ADN, mi anécdota.
                   
             Y en el púrpura de una humilde amapola, soy eterna.