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22 de mayo de 2014

UN ADIÓS
(Relato incluido en CUENTOS DEL OTRO LADO)



Por fin estamos solos. Hace tanto tiempo que quiero hablar contigo. Sí, ya sé, hablar hemos hablado muchas veces, pero nunca te he dicho lo que lleva atormentándome durante más de veinte años. Bueno, no todo el tiempo, claro. Un personaje de “En busca del tiempo perdido”, que ha perdido a su mujer y no supera su ausencia, dice que la recuerda constantemente, pero no durante mucho rato seguido. Los pensamientos son como las aves: revolotean por tu mente, van y vienen una y otra vez, se mezclan como en un galimatías, son imposibles de retener aunque nos obsesionen.
Hubo momentos en que creí olvidarte, pero luego la vida me devolvió al camino que llevaba hasta ti. Tú has sido mi Shamballa, una ciudad de Luz, retiro místico para cuando la vida me vencía, refugio lúbrico para mi deseo, un hombro amigo en el que descansar. Reposan en ti mis sueños y fantasías más inconfesables. Contigo puedo sincerarme, hablarte de mi amor, declararte mi creencia de que en otra dimensión, en otro tiempo, tú y yo nos hemos pertenecido en cuerpo y alma y hemos jurado recordarlo en sucesivas existencias. Pero todo eso se fragua en el mundo virtual de mi mente, sin el menor atisbo de realidad. Aunque, ¿qué es la realidad? ¿Por qué las sensaciones que transmiten nuestros sentidos, nos parecen más reales que las que transmite nuestra mente? ¿Por qué damos más valor a la vista, al olfato o al tacto, que a la imaginación o al anhelo? El cerebro no distingue entre la fantasía y la realidad.
¿Recuerdas la exposición de pintura de nuestra amiga Clara? La verdad es que sus cuadros no me interesaban lo más mínimo, pero alguien me había dicho que acudirías y fui esperando encontrarte. Llevábamos tiempo sin vernos y tu sorpresa, tu alegría al descubrirme, me hizo concebir un sin fin de locas esperanzas. Al abrazarme, me alzaste en el aire como el que recupera un tesoro que ha creído perdido. Nos escabullimos tácitamente del barullo de la inauguración y decidimos tomar un café lejos de allí. No sé por qué no te lo dije entonces. Era tan raro encontrarnos a solas. Estoy segura de que en aquella cafetería, los roces de nuestras manos y nuestros cuerpos no fueron contactos fortuitos sino provocados por los dos. Pero me escondí como siempre detrás de subterfugios, igual que tú, y hablamos del amor como si no nos concerniese, como si fuese un sentimiento ajeno, mientras mis ojos te mandaban el mensaje contrario y los tuyos se llenaban de lágrimas. Me dijiste que la convivencia mata la pasión, que la hunde en la rutina, que el deseo sólo perdura en los amantes furtivos. Y a mí aquello me pareció una declaración de principios, la constatación de que jamás me pertenecerías totalmente, la certeza de que siempre serías de “la otra”.
Aunque es posible que tuvieras razón. Seguramente la pasión sólo perdura en el secreto, en lo prohibido. Seguramente el peligro de ser descubierto aporta vehemencia a una relación, incrementa el deseo porque nunca es satisfecho del todo.
¿Callas? Siempre lo has hecho. El hombre brillante, ocurrente, jamás ha hablado de sus sentimientos. También a ti te ha golpeado la vida y quizá ese sentido del humor del que siempre has hecho gala es un arma contra la amargura, un disfraz para que la dificultad no te encuentre desprevenido. Y sin embargo la ternura se escapa por cada uno de tus gestos y miradas.
¿Qué hemos hecho? ¿Por qué hemos esquivado nuestro amor? Decían en el Renacimiento que los amantes que se negaban a consumar su pasión estaban condenados al hielo eterno. Y es en el hielo en donde tú y yo hemos dejado que se derramara la vida.
Ahora puedo decírtelo. Cuando me entrego a él eres tú quien está a mi lado, eres tú quien me besa, quien me posee, eres tú quien me hace sentir culpable. La traición más auténtica es la que jamás es consumada, porque te encierra en un torbellino de insatisfacción, de ansia del amado. ¿Y acaso existe algún hombre que pueda desplazar a un ideal?
Y no creas que no le he querido, que no le quiero, pero él ha envejecido y tú no, él enferma, falla, se equivoca y tú no. Él es un ser humano y tú un dios. ¿Quién puede luchar contra eso?
Y aunque ni siquiera me esté permitido llorar, mi corazón se ahoga en el mar de las lágrimas. ¿Cuál habría sido mi vida, si la tarde de la exposición te hubiera declarado mis sentimientos? ¿Te habrías apartado de mí, asustado por mi confesión? ¿Habríamos dejado a nuestros compañeros de camino y habríamos huido lejos? ¿O más bien nos habríamos limitado a mantener sórdidos encuentros, hasta que nuestro amor se hubiese marchitado como esa flor que guardas en un libro y que cuando pasan unos años eres incapaz de recordar qué episodio adornó? Ahora ya no podremos saberlo.
Hay quien dice que cada deseo, cada decisión, cada duda abre una nueva senda en algún universo paralelo. Que nuestro ser está desgajado en multitud de posibilidades. Y yo lo creo. En otros mundos compartiremos la vida o no nos conoceremos, seremos amantes o nos habremos convertido en enemigos. No, esto último no es posible, ni siquiera en el mundo más descabellado y perverso.
Adiós, amor mío. Volveremos a encontrarnos, no sé dónde ni cómo, pero estoy segura de que volveré a verte. A nosotros se nos concederá una segunda oportunidad. Confío en que entonces nos reconoceremos, en que no desviaremos la mirada en el primer encuentro, en que abandonaremos miedos, timidez y falsas cautelas y correremos uno a los brazos del otro. Aunque tampoco allí seamos libres, saltaremos por encima de lealtades o convenciones sociales. Nuestros ojos o nuestra piel quizá no guarden la memoria, pero nuestra alma queda a la espera del encuentro. Porque el único sentido de repetir una experiencia de vida es completar aquello que has dejado de hacer.
Quizá, es muy posible, quizá nos encontremos al otro lado del río. Allí donde las ranas encienden sus lumbres.

-Llevas mucho tiempo aquí. ¿Has visto a Carmen?
Le digo que sí con la cabeza. No puedo hablar, en mi voz él advertiría las lágrimas que me ahogan por dentro. Y se le antojaría excesiva mi congoja. Siempre creyó que eras un amigo ocasional. Me cojo de su brazo y me aparto del cristal que me separa de ti.
Está bien que hayan dejado tu ataúd cerrado. Así puedo recordarte como serás para siempre en mi mente: joven, bello, apasionado.
Me despido de Carmen. Está deshecha. La abrazo en silencio, con mimo, con sincero afecto. Las dos te hemos compartido y jamás tuve celos de ella. En lo que a ti concierne, no cabe un sentimiento negativo.
Ahora tengo que ir con mi marido. Espérame. No será mucho tiempo, amor mío. Mientras, explora las galaxias. Así podrás guiarme por entre las estrellas cuando nos encontremos.