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14 de diciembre de 2013


SONAMBULISMO

            Me he visto en un sueño desgraciado, donde la calva insomne laboraba sin tregua y la injusticia se multiplicaba como una pandemia catastrófica. En un frío escenario futurista, que recordaba a Blade Runner, me había bastado con apretar un dispositivo para poner en marcha la película. Asombrada, yo misma la veía en una gran pantalla y me contemplaba dentro y fuera de una cinta plagada de tragedias. Bajo los tejados de aquel mundo fabricado por mi mente, se agitaban los debates, las múltiples cópulas, los llantos de niños y las torpezas de los ancianos, que habían pasado a ser los hijos de aquellos que lloraban. Y también hombres y mujeres, bebiendo soledad de una botella; vigilantes nocturnos, que habían olvidado la luz del sol; soldados, haciendo prácticas de tiro sobre muñecos con forma humana, y ladrones asaltando joyerías. Todos ellos atados a una noria de la que no podían escapar.  
       
       Gobernantes toscos e incapaces llevaban a la humanidad al desastre, ungidos a otra dantesca rueda desde donde únicamente podían verse entre ellos. Encerrados en sus despachos, dividían el orbe entre amigos y enemigos, pobres y ricos, productores y consumidores, y enfrentaban con colores, banderas y muros a unos hombres contra otros. También creaban guerras, inventaban crisis económicas y gestionaban la información, ocultando datos y divulgando hasta la extenuación peligros de todo tipo, 
      
      Pero había un círculo que les abarcaba a todos, por encima de razas, prestigio e incluso capacidad mental: el Miedo. Un círculo oscuro que a los poderosos les obligaba a reprimir y castigar y a los otros les paralizaba y embrutecía.
     
       No me gustaba aquella historia y decidí apagar la proyección. Al fin y al cabo lo único que tenía que hacer era apretar un botón para mudar de universo.
    
        Y entonces desperté. 
   
    Ni siquiera he abierto las ventanas todavía. Me da miedo comprobar que no ha cambiado la película.