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10 de abril de 2013

LA DAMA DE SHANGHAI



         La otra noche volví a ver La Dama de Shanghai. No es la película que más me gusta de Wells, pero es incuestionable que la mano del genio aparece continuamente en planos y encuadres, rozando el esplendor en la famosa secuencia de los espejos. Era ya muy tarde y la he visto tantas veces que creo que me quedé dormida justo antes de llegar al inquietante parque de atracciones. Prefiero pensar que fue un sueño porque si no es así resulta más bien preocupante. 
            El caso es que andaba yo por allí, de noche, entre atracciones polvorientas e inmóviles con una pregunta rondando en mi cabeza: ¿Qué hago en este sitio en bata y zapatillas? No me gustan las norias ni las montañas rusas, tengo vértigo, pero nunca resistí la tentación de entrar en La Casa del Terror o en el Tren de la Bruja. No veía esas atracciones por allí y lo más parecido era la Sala de los Espejos, frente a la que me encontré sin darme cuenta. Menos mal que no había que pagar porque no llevaba dinero encima y, ya que había conseguido vivir dentro de la fantasía, entré para ver como acababa la historia. 
             Entonces la vi a ella con el traje de noche negro, ciñéndose a su cuerpo perfecto, las ondas impecables de su cabello rubio, los guantes de encaje, el cuidado maquillaje. Y a su lado Orson, formidable, desmedido, proclamando a las claras su inevitable y futura obesidad. Ambas figuras multiplicadas hasta el infinito en los espejos. Bueno, y la mía, claro, con aquella pinta... Solo faltaba el marido, el malévolo abogado de los bastones.
             -I want to get out of here! - gritó Rita.
         Me miraba a mí. Le dije en español - mi pronunciación en inglés deja mucho que desear - que estaban allí porque así terminaba la película. Luego, un poco avergonzada, les pedí que disculparan mi atuendo totalmente inadecuado.
          - I want to get out of here! - repitió Orson a su vez, bastante enfadado. Mi aspecto parecía traerle sin cuidado.
        Era una situación bastante embarazosa. ¿De dónde querían salir? ¿Se referían al parque de atracciones, al rodaje, o simplemente a los espejos? Y entonces me di cuenta. Yo me reflejaba junto a ellos, pero en el plano real mis pies no existían. Busqué inquieta mi cuerpo y también era invisible. ¡Había desaparecido! Sin embargo, los incontables Orsons, Ritas y señoras en bata y zapatillas brillaban con luz propia en los espejos y me miraban con la angustia reflejada en sus rostros. 
               No había alternativa. Di un paso al frente y entré en el espejo. 
               Sólo así volví a verme.

EN LOS DÍAS SOMBRÍOS DE MI INFANCIA Se enredaban las coplas en la ropa tendida y se mezclaban gritos en lo alto del patio. ...