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1 de marzo de 2014

SOLEDADES

A veces el amor es una soledad que comparte
con otro desamparo su baúl
en una gira por el norte de España.
Suben  los dos a trenes sin estaciones termini
y buscan el suicidio en unos besos de papel sin lengua,
atormentados.

Duermen en camas king size dos por dos
con edredones de cubitos de hielo.
Sus disputas ahuyentan a las golondrinas
y hay avisos de bomba por todo el edificio.
Me hundes con tu tristeza, dice la soledad desguarnecida.
A veces me merezco una sonrisa, reprocha el desamparo.

Luego, el silencio se sienta vestido de etiqueta
y preside una mesa, donde no hay comensales.
La arena del desierto alfombra los salones
y se rasgan las fotos
de un antiguo paseo por los puentes del Sena.

Tu soledad y la mía las hemos enganchado en el perchero.



26 de febrero de 2014


(DE "LA CONJURA DE LOS SABIOS")


      

       Se abrochó los pantalones vaqueros sobre las mallas, estremecido por el recuerdo. Sadhu... Los dos se habían apuntado a las clases de ballet del internado, al tiempo que exploraban sentimientos y emociones, exaltados por el secreto y la transgresión de toda norma. Descubrían el placer del amor y de la danza al ritmo de Chaikovski, sintiéndose diferentes y aun superiores al resto de sus compañeros. Los demás, obsesionados por el mundo femenino, tan ajeno al internado, buceaban en vulgares publicaciones y se enfrascaban en charlas groseras que no calmaban sus ansias ni su curiosidad. Sadhu y él se habían fabricado otro universo. Un mundo etéreo, presidido por la música, en el que hasta la lujuria tenía un halo de misticismo.


“Se venden hombres”, había voceado el anciano del sueño como una alusión directa a su vida, marcada por la frivolidad. En los escasos momentos de ocio, se había refugiado en sórdidas relaciones, despertando en camas prestadas y olvidando al momento los rostros y los nombres de sus propietarios. No había vuelto a conocer la pasión fuera del baile. La danza representaba para él una especie de huida, su posibilidad de redención. Tras ensayar durante horas al límite de sus fuerzas, con los músculos doloridos y los pies sangrantes, intentaba una última pirueta y de pronto el cansancio desaparecía; se sentía ligero, grácil, su cuerpo dejaba de estar compuesto de burda materia y sus átomos se transformaban en notas que brincaban por un imaginario pentagrama.

            Se subió bruscamente la cremallera de la cazadora y el fantasma del amigo se desvaneció. Cerró las maletas, ignoró la ropa esparcida por el cuarto - ya la recogería la camarera - y salió al pasillo. No quiso esperar al ascensor, bajó de dos en dos las escaleras y cruzó el vestíbulo deprisa hasta la calle haciendo un suave gesto negativo con la mano a dos jovencitas que intentaban conseguir un autógrafo. El día era gris, tan plomizo como aquel cielo de la campiña inglesa que presidiera la marcha de Sadhu. Tan lóbrego como el callejón de su sueño. La familia de su amigo, alarmada por las insinuaciones de compañeros y profesores, decidió sacarle del colegio. No podía entender su afición por el baile, y mucho menos otras aficiones en extremo reprobables. Los padres de Ahmed, en cambio, jamás se habían preocupado por su moral ni sus costumbres. Ajenos a su vida, se limitaban a mandar alguna carta desde lugares cada vez más distantes, sin olvidarse, eso sí, de que dispusiese de dinero sobrado para conseguir todos sus caprichos. Sadhu utilizó todas sus armas: amenazó, lloró, se humilló y sus súplicas se estrellaron contra la férrea determinación de sus progenitores. En aquel día funesto, bajo nubes cargadas de lluvia, aquel coche del cuerpo diplomático lo alejó de su lado para siempre. Y Ahmed permaneció allí durante horas, calado hasta los huesos, sin entender por qué la vida le arrancaba a su único amigo, por qué lo separaba de la única persona con quien podía compartir los temores y deseos de sus quince años.

              Aquel teatro de Girona estaba cerca del hotel. Le habría gustado dar una vuelta por la ciudad, que no conocía y que tendría que aplazar para más tarde. La marcha de una silenciosa manifestación de inmigrantes lo detuvo un momento en la acera. Eran magrebíes. Hombres y mujeres que portaban pancartas escritas en un torpe español, pidiendo papeles y ayudas con expresión de desesperanza. Fijaban los ojos en el suelo con la vergüenza de quien sabe que no le apoya ningún derecho, ni siquiera el de pedir un trabajo. Algunos eran muy jóvenes, pero todos ellos parecían al borde de sus fuerzas, agotados de llamar a puertas que jamás se abrían. Era un éxodo cada vez más numeroso de parias, de víctimas expulsadas de la vida, del mundo. “Se venden hombres”, había dicho el anciano. A aquéllos nadie quería comprarlos.