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31 de octubre de 2013





SE PASÓ LA EXISTENCIA

Se pasó la existencia sofocando
las quejas y recelos contra el hombre.
Él es el creador, le habían dicho,
tú eres débil, inculta, desvalida,
necesitas su empuje y su cuidado.

Le descargó en los brazos
su equipaje de ideas,
sus deseos,
su horizonte nuboso
y una fotografía amarillenta
de un muchacho con el que había soñado.

Y segundo a segundo,
instante tras instante, silenciosa,
caminó por un delgado cable
sobre un abismo de posibles errores.
Llorar lloraba sola
y si un día gozaba
ahogaba sus gemidos en la almohada.

Aprendió a consentir sus extravíos,
y buscó el beneplácito
en el imperceptible guiño de sus cejas.
Descifrando resoplidos y risas,
permaneció a la sombra de su hombría.
Anduvo entre pucheros y bayetas,
parió cuando era hora
y se secó su vida suavemente,
sin apenas notarlo.

Sólo al final,
desnuda ya de deberes y encargos,
miró allá adentro, en su nada infinita,
el transcurso anodino de los días
y comprendió sin miedo a equivocarse
que su simple presencia
había puesto en marcha un universo.



28 de octubre de 2013




Jamás había estado en aquella ciudad devastada. Sólo la luna y las cercanas explosiones la iluminaban. La mayoría de los edificios se habían derrumbado y las huellas de los proyectiles y de las bombas en las fachadas, los cristales rotos, la falta absoluta de signos de vida, todo ello ponía de manifiesto que sus moradores habían huido a un sitio más seguro. Lo difícil era que hubieran podido encontrarlo porque seguían oyéndose las descargas de misiles y ametralladoras, y los aviones sobrevolaban incesantemente la zona evacuando su mortal excremento. La mujer se preguntaba cómo habría llegado hasta allí, y seguía caminando por entre las ruinas porque alguien la esperaba, aunque hubiera olvidado quién. En el centro de la destrozada urbe, un hotel, que en tiempos fuera un elegante alojamiento para turistas y que ahora tenía el mismo aspecto maltrecho del resto de las viviendas, permanecía milagrosamente en pie. En el vestíbulo se amontonaban los sacos terreros y un montón de trastos inservibles, y, repartidas por las mesas y el mostrador de recepción, las velas y lámparas de petróleo suplían la falta de fluido eléctrico. En un rincón del hall cuatro personajes se sentaban alrededor de una mesa. Junto a ellos había unos barreños con agua y unas ropas manchadas de sangre. Seguramente habían atendido allí a algún herido. Antes de acercarse, los observó sin ser descubierta: Un joven barbudo, tocado con un blanco turbante, una mujer cubierta por un burka, un hombre maduro de larga barba e imponente fisonomía, y... Hassan Liaqat. En aquel momento recordó que era la persona con quien debía entrevistarse, y le sorprendió el hecho de que encajara perfectamente con la idea que de él se había formado: de mediana edad y aspecto enfermizo, llevaba el largo cabello entrecano, recogido con una cinta en la nuca y vestía un sencillo atuendo deportivo.
-Hassan - lo llamó.
Él levantó la cabeza y le indicó, apenas sin mirarla, un taburete para que se sentara con ellos. Sobre la mesa, había cuatro medallones con unos caracteres en árabe. Era la tarjeta de presentación, y ella depositó el suyo, idéntico, junto a los otros. Entonces la mujer se levantó el sudario y la sonrió dulcemente. Muy morena de tez, tenía unos hermosos ojos oscuros. Los otros dos hombres inclinaron la cabeza en un respetuoso gesto de bienvenida.
-¿Estás bien? - le preguntó inquieta a Hassan. Había temido incluso por su vida.
Él asintió y explicó que apenas tenían tiempo. No tardarían en llegar.
-Oí aquellos gritos y pensé... - balbuceó ella, y luego señalando las telas manchadas de sangre - ¿Te han herido?
-No - se iluminó el rostro de Hassan con una sonrisa - Los gritos y la sangre son de una mujer que acaba de dar a luz a una criatura. En medio de la muerte: la vida. Es así. 

(FRAGMENTO DE "LA CONJURA DE LOS SABIOS")