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12 de abril de 2013

EL REY MIDAS


          El Rey Midas reinaba en el país de Frigia. Tenía todo lo que se podía desear. Hermosos jardines rodeaban el espléndido castillo que compartía con su hija Zoe y con un sin fin de leales servidores, atentos al menor de sus deseos. Su mayor placer era contar monedas de oro. Se encerraba en la cámara donde guardaba su tesoro, ajeno al mundo que lo rodeaba, y a veces lanzaba sus monedas al aire, viéndolas caer con una sonrisa bobalicona. 
          Un día, Dionysos, dios del vino y del éxtasis, pasó por el reino de Frigia y fue recibido por Midas. Nuestro rey había atendido a Sileno, el preceptor del dios, y Dyonisos agradecido le prometió que le concedería cualquier deseo. Midas no tuvo que pensarlo demasiado. "Que todo lo que toque, se convierta en oro", dijo con la misma expresión atontada con la que contaba su dinero. "¿Seguro que ese es tu mayor deseo?", preguntó el dios extrañado. "¡Sí, sí, sí, ese, ese!", contestó el soberano con la baba escurriendo por su barbilla. "Está bien, sea", dijo Dyonisos, que se volvió al Olympo reflexionando sobre los seres humanos, a los que empezaba a considerar la más estúpida de las especies. 
           En cuanto Midas se quedó solo, quiso comprobar si era cierto que su deseo se había cumplido. Pidió la merienda y le sirvieron una enorme cesta de frutas, té, café y pastelillos variados, pero en cuanto se llevó uno a la boca este se convirtió en oro y a punto estuvo de romperse un diente. Un poco mosqueado, paseó por los jardines y ni siquiera pudo aspirar el aroma de las rosas, porque solo con rozarlas se convertían en el rico metal, lo mismo que un chambelán al que tocó sin querer y se transformó en una soberbia estatua dorada, a la que no había forma de dar orden alguna.
           Pero la cosa no paró ahí. Su hija Zoe, un tanto asombrada al verse rodeada por seres y objetos de oro, se acercó a su padre y, al besarle, también ella quedó convertida en una áurea figura.
             Midas languidecía, cada vez más delgado porque no podía ingerir ningún alimento, y cuenta la leyenda que Dyonisos volvió para ayudarle. Gracias a una pócima, destruyó el hechizo y le hizo pobre como a las ratas, con lo que el rey fue feliz todos los años que le restaban de vida. 
              Este último arreglillo de la historia me ha llenado de dudas porque el otro día creí ver al rey Midas en televisión. Es más, me parece que se ha multiplicado. En los informativos dieron imágenes de una reunión de los dirigentes del G-8, es decir, los representantes de los países más ricos del mundo. Tuve la sensación de que se habían mimetizado, pues todos tenían el rostro del rey Midas. Y no parecían contentos. Supongo que están angustiados porque no encuentran la manera de conectar con Dyonisos. Después de arañar con verdadero entusiasmo los bolsillos de los desgraciados súbditos del mundo, es la única solución que les queda para aumentar el oro de sus arcas.


10 de abril de 2013

LA DAMA DE SHANGHAI



         La otra noche volví a ver La Dama de Shanghai. No es la película que más me gusta de Wells, pero es incuestionable que la mano del genio aparece continuamente en planos y encuadres, rozando el esplendor en la famosa secuencia de los espejos. Era ya muy tarde y la he visto tantas veces que creo que me quedé dormida justo antes de llegar al inquietante parque de atracciones. Prefiero pensar que fue un sueño porque si no es así resulta más bien preocupante. 
            El caso es que andaba yo por allí, de noche, entre atracciones polvorientas e inmóviles con una pregunta rondando en mi cabeza: ¿Qué hago en este sitio en bata y zapatillas? No me gustan las norias ni las montañas rusas, tengo vértigo, pero nunca resistí la tentación de entrar en La Casa del Terror o en el Tren de la Bruja. No veía esas atracciones por allí y lo más parecido era la Sala de los Espejos, frente a la que me encontré sin darme cuenta. Menos mal que no había que pagar porque no llevaba dinero encima y, ya que había conseguido vivir dentro de la fantasía, entré para ver como acababa la historia. 
             Entonces la vi a ella con el traje de noche negro, ciñéndose a su cuerpo perfecto, las ondas impecables de su cabello rubio, los guantes de encaje, el cuidado maquillaje. Y a su lado Orson, formidable, desmedido, proclamando a las claras su inevitable y futura obesidad. Ambas figuras multiplicadas hasta el infinito en los espejos. Bueno, y la mía, claro, con aquella pinta... Solo faltaba el marido, el malévolo abogado de los bastones.
             -I want to get out of here! - gritó Rita.
         Me miraba a mí. Le dije en español - mi pronunciación en inglés deja mucho que desear - que estaban allí porque así terminaba la película. Luego, un poco avergonzada, les pedí que disculparan mi atuendo totalmente inadecuado.
          - I want to get out of here! - repitió Orson a su vez, bastante enfadado. Mi aspecto parecía traerle sin cuidado.
        Era una situación bastante embarazosa. ¿De dónde querían salir? ¿Se referían al parque de atracciones, al rodaje, o simplemente a los espejos? Y entonces me di cuenta. Yo me reflejaba junto a ellos, pero en el plano real mis pies no existían. Busqué inquieta mi cuerpo y también era invisible. ¡Había desaparecido! Sin embargo, los incontables Orsons, Ritas y señoras en bata y zapatillas brillaban con luz propia en los espejos y me miraban con la angustia reflejada en sus rostros. 
               No había alternativa. Di un paso al frente y entré en el espejo. 
               Sólo así volví a verme.

8 de abril de 2013




LA PALABRA

     Dicen que en un principio todos los hombres hablaban la misma lengua y decidieron construir una gran torre que llegase hasta el cielo. Supongo yo que sería para resolver el enigma de Dios, cuya solución ha sido siempre bastante esquiva. Con un "fiat" la Gran Madre había construido el universo en su seno. Una simple palabra configuró estrellas y planetas, ordenó las galaxias, hizo brotar las fuentes y cascadas, y en los días de estío dio fragancia a las flores y voces a las aves. 


    Todo iba bien pero poco después aquello, que parecía tan sencillo, comenzó a complicarse.

     Un personaje llamado Yaveh, con un talante más que discutible, se sintió atacado en su alta dignidad por 
semejante empresa. Se consideraba un dios único y, como los grandes poderes están reñidos con la transparencia, no le gustaba a él que hurgaran en sus cosas. Paralizó la empresa, haciendo que surgieran mil lenguajes y ahí empezó el problema: Nadie conseguía entenderse y la torre quedó abandonada. La llamaron Babel, que más o menos significa confusión en hebreo y ahí seguimos sumidos.

      Algunos aseguran que así empezó la guerra porque no había manera de concertar las citas ni ponerse de acuerdo en lo que cada uno tenía que comer. "Este es el límite de mis tierras", decía un aldeano y el vecino entendía "te voy a borrar del mapa". O bien "necesito tu ayuda", que el otro traducía "no me gusta tu cara, forastero".

    Y, aunque parezca imposible, la cosa se enredó todavía más. En la actualidad, en un mismo idioma, surgen vocablos que despistan del todo al ciudadano. A privatización se le llama externalización, en lugar de recortes se dice reformas, en un tiempo no muy lejano desaceleración ocultó la palabra crisis y la expresión "marca España" encubre que pertenecemos a un simple mercado, cuyo único fin es el dinero.

      Espero que Yaveh, a estas alturas, se haya arrepentido de haber confundido las lenguas.
               

EN LOS DÍAS SOMBRÍOS DE MI INFANCIA Se enredaban las coplas en la ropa tendida y se mezclaban gritos en lo alto del patio. ...