DE ÁNGELES

He visto allá a lo lejos 
al Ángel de la Muerte.
Se alejaba despacio sin mirarme.
¿Por qué a mí me respeta?
¿Acaso no le gusto?
Le noto desatento, lejano, poco afable.

En alguna ocasión se vino hasta mi casa
y taló mi jardín con su guadaña.
Furtivo, solapado, traicionero,
transformó en un desierto baldío e infecundo
la ubérrima arboleda.

Y sin embargo me llevó de su mano
en mil vidas y universos distintos.
Por eso lo conozco,
aunque en esta existencia,
y en algún recorrido tenebroso,
le reclamé y me volvió la espalda.

Disfruto pues su olvido,
acariciada por la nueva mañana.
Lleno de risas los momentos lóbregos
y alfombro de esperanza los paseos,
porque éste en el que estoy
puede ser un gran día como dice el juglar
y ángeles más sociables
me esperan a la vuelta de la esquina.




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