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22 de mayo de 2013


LA TIENDA DE LOS DESEOS


            Con esto de la mal llamada crisis, (prefiero usurpación o fraude), pequeños negocios a pie de calle aparecen y desaparecen como esas pequeñas flores de primavera que nacen al borde de los caminos o se abren paso en el asfalto por la fuerza obstinada de la vida. Un pequeño puesto de artesanía es sustituido por una tienda de ropa usada, (used clothing queda más fino), o simplemente un establecimiento de comidas para llevar, casi sin transición, pasa a ser un locutorio.
            El negocio más insólito me lo encontré ayer mientras paseaba a mi perro: "La tienda de los deseos", rezaba el cartel que habían colgado en la entrada. El público formaba una larga cola que daba la vuelta a la calle y un hombre con turbante y caftán, sentado ante una mesita en la entrada, repartía las entradas. "A veinte euros", proclamaba de vez en cuando como un charlatán de feria.
            No me gustan las ferias ni las masas deseosas de ver a mujeres barbudas, pero me detuve un momento para observar a la clientela que aguardaba pacientemente en la entrada de un sitio tan extravagante. Era de lo más heterogénea: Jóvenes, de esos calificados por nuestros próceres como "perros flauta", mujeres maduras, peripuestas y perfumadas, ejecutivos cargados con sus portafolios, amas de casa con el carrito de la compra y hasta un niño de unos diez años con un brazo escayolado.
            "¿Quiere entrar?", me preguntó con expresión maliciosa el hombre que repartía las entradas. Le contesté que solo pretendía saber en qué consistía aquello. "Quien entra ahí", me dijo, "consigue ejecutar su deseo. He inventado una máquina que potencia cualquier objetivo y lo hace realidad".
           No pude dejar de pensar en esa tienda. Me decía que era una vulgar patraña. Pero en caso contrario, que se realizaran los deseos de algunos personajes que conocemos podía ser tan peligroso como el invento de la bomba atómica .
          Hoy he vuelto al sitio y el establecimiento había desaparecido. En su lugar se abría una oficina de empleo. La cola era casi tan larga como la de ayer, aunque tenía más movilidad y los que salían lucían una esplendorosa sonrisa en su rostro. He preguntado a varios y sí, todos habían conseguido un contrato de trabajo.
            
        Creo que es imprescindible encontrar al hombre del turbante.