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25 de febrero de 2013


                ALICIA
 
                La verdad es que Alicia jamás había salido de las páginas del libro pero, cuando su hermana la llamó, se le ocurrió dar una vuelta por la portada antes de ir a tomar el té. Ahí se encontró con un tal Lewis Carrol, que en realidad se llamaba Charles. Era un joven, con melena y pajarita, bastante amable que la saludó como si la conociera de toda la vida.

             -Soy el autor - se presentó él.

            -No me gusta el capítulo de El mar de lágrimas - contestó Alicia, torciendo el gesto -. ¿No puedes cambiarlo?

            -Es que el libro no me pertenece ya. Está en la mente de todos los lectores. Han hecho hasta películas con la historia. No serviría de nada cambiarlo - hizo una pausa y preguntó muy sonriente -. ¿Qué es lo que no te gusta?

            -Eso de estirarme y estirarme. Y no ser capaz de recordar las palabras ni los poemas es una lata. Me has hecho llorar mucho.

            -Pero si tu llanto no hubiese creado el Mar de Lágrimas no habría historia. ¿Preferirías eso?

            Alicia lo pensó un momento. Bueno, en realidad el llanto había quedado atrás y además se sentía mucho más fuerte después de tanto gimoteo. Tuvo que dar la razón a Lewis. Dieron un paseo por la contraportada del libro, que tenía colores muy alegres, y se encontraron con el Conejo Blanco delante de una gran tarta de no cumpleaños. Pasaron un largo rato juntos, charlando y haciéndose confidencias, pero la hermana de Alicia insistía e insistía en que volviera. "¡Menuda siesta te has echado!", decía. Así que tuvieron que despedirse.

            -Vuelve cuando quieras - dijo Lewis -. Yo siempre estoy aquí.

            Alicia le dio un beso antes de irse. Era una suerte haberlo encontrado.
           


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